
“El sonido musical tiene acceso directo al alma: inmediatamente encuentra en ella una resonancia, porque el hombre lleva la música en sí mismo”
En la base de toda música está el sonido. Una sencilla observación de lo que ocurre a nuestro alrededor nos lleva a la conclusión de que:
- El sonido es vibración.
- Que toda vida animada, tiene movimiento, vibración, sonido
- Que la vibración, y por lo tanto el sonido, influye sobre la materia y todo en lamateria reacciona a las vibraciones.
El sonido es una energía en forma de ondas capaz de romper campanas de cristal cuando es muy agudo, también de hacer vibrar, e incluso derribar, un edificio. Si se trata de un sonido armonioso, tiene la capacidad de amansar las fieras, influir benéficamente en el desarrollo de un feto o de las plantas, y mejorar nuestra capacidad mental. Por el contrario, un sonido estridente e inarmónico nos puede volver violentos y locos.
Si buscamos el sentido simbólico y espiritual del sonido, lo encontramos en la cosmología de distintas culturas.
Las sagradas escrituras de Oriente y Occidente coinciden en atribuir al sonido, a una emanación vibratoria, el inicio de la creación del Universo que ordena el caos y lo convierte en Cosmos a partir de la voluntad de un Ser Único Primordial y Divino.
En el Génesis, cada acto creador divino es precedido de palabras: “Dios dijo: hágase…” atestiguando el hecho de que la Palabra posee la fuerza creadora.
El Evangelio de Juan comienza así:
“En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios.
Ella estaba al comienzo con Dios. Todas las cosas han sido hechas por ella y nada de lo que ha sido hecho lo ha sido sin ella”
En la tradición Védica, el sonido, también adoptando la forma simbólica de palabra, se encuentra en el seno de la primera fuerza creadora.
“En el principio era Brahma, con el cual estaba la Palabra y la Palabra es Brahma”.
En el comienzo era Brahma, el dios primigenio, existía con independencia del espacio y del tiempo. Las letras existían del mismo modo. Las letras, ya sean pronunciadas o escritas poseen existencia en el mundo de las ideas. Brahma se mostró primero como un dorado embrión de sonido. Era una vocal vibrando en la nada. El sonido hizo eco en si mismo; sus ondas se entrelazaron y se transformaron en agua y viento.
“El juego recíproco del viento y del agua comenzó a tejer el nebuloso útero del mundo”
Similares teorías cosmogónicas se encuentran también en las culturas chinas y celtas, egipcias y mayas, sumerias y hebreas. Todos estos pueblos se refieren, mitológica o simbólicamente, a un fenómeno primordial semejante.
Se trata de un Sonido Cósmico, eterno y universal, reconocido como esencia desconocida, invisible e inaudible.
El sonido audible, sensible, sería un reflejo de esta vibración universal trascendente que reverbera en el mundo. Constituiría el fundamento real de la música y del lenguaje hablado.
En la cosmogénesis hindú se dice que el sonido es causa y no efecto de la vibración. Este sería el concepto de “sonido potencial”, la energía y fuerza transmisora detrás de toda manifestación. Tal energía es considerada infinita, indivisible y omnipotente, el origen, la Fuente más poderosa de todas.
El sonido representa así el principio que aporta la Vida.
Al igual que los antiguos sabios hindúes, en occidente, los pitagóricos partían de la idea de un sonido fundamental cósmico que se divide en escalas de tonalidades y cada sonido genera, por su parte nuevas octavas.
Todos y cada uno de los cuerpos celestes, todas las galaxias, el conjunto de los soles, de los planetas y de las lunas tendrían su propia vibración, su propia sonoridad, emitiendo juntos el maravilloso canto de la creación.
Pitágoras, iniciado en los antiguos misterios de Egipto y de la India, percibía en su interior esta “armonía de las esferas” .Siendo capaz de captar las vibraciones de los planetas y las estrellas, transformó las impresiones que recibía en sonidos musicales audibles por sus alumnos con el fin de elevarlos a un nuevo estado de alma. Para ellos, la escala musical era una verdadera escalera celeste.
Más recientemente, Max Heindel expresaba esta misma idea como una música divina que suena en el seno de la Sustancia Raíz Cósmica, creando las formas de todas las cosas creadas, al descender de los vastos espacios cósmicos hasta las más humildes escenas de la Tierra, el cántico que Dios canta, toma forma en la humanidad.
Ecos de esa música celestial llegan al mundo físico, pero, en nuestra vida terrestre estamos tan sumergidos en pequeños ruidos y sonidos, por nuestras limitaciones, que somos incapaces de oír esa música celeste.
En el ser humano, la capacidad de oír, de percibir el sonido, el equilibrio físico y el sentido del ritmo se encuentran en el oído que es, precisamente, el primer órgano de los sentidos diferenciado en el embrión y al parecer el último que se perderá.
Cuando el embrión humano mide apenas un centímetro, algunos días solamente después de la concepción, ya se hace visible su pabellón auricular y cuatro meses más tarde, concluye su desarrollo. Si bien en el período prenatal el futuro bebé es imbuido por toda clase de vibraciones procedentes de la madre y del entorno de ella, nos llama la atención que a partir del cuarto mes ya disponga del órgano que permite recibir las ondas sonoras de manera audible.
Hazrat Inayat Khan en su libro “La música de la vida” expresa entre otras cosas:
…”Y esta es la belleza de la creación, el haber funcionado de dos maneras. Por un lado ha sido capaz de expresarse, y por otro se ha hecho a sí misma un molde sensitivo. Existe el sonido, y al mismo tiempo unos oídos que pueden captarlo.”
En este mismo libro cuenta que Hafiz, poeta sufí persa dijo: “La gente cree que el alma al escuchar la canción entró en el cuerpo, pero en realidad ocurrió que la misma alma era canción.”
Vemos que un ser dotado de alma, un ser animado, para serlo, ha de tener movimiento, y el acto del movimiento genera un sonido. En el fundamento de la vida se encuentra el movimiento y tal movimiento, por lento que sea, como en el caso del crecimiento de un árbol o el proceso de cristalización de un mineral, produce un sonido, aunque éste no se perciba de forma auditiva.
Si nos centramos en el alma humana, vemos que posee las facultades del sentimiento, el pensamiento y la voluntad, que ha recibido del Espíritu.
La música puede ejercer, en el ser humano, una influencia capaz de despertar profundos pensamientos y sentimientos, todo tipo de emociones, así como impulsarle a la realización de actos tanto en el momento de la inspiración del compositor, como en los de la interpretación y la escucha.
Cuando las impresiones espirituales de la naturaleza superior atraviesan el alma, provocan emociones y sentimientos que dan al alma el deseo de expresarlos mediante la poesía, el canto, la música y la danza. En este hecho se encuentra el origen de la música.
A su vez la música es la expresión de un gran anhelo difícil de definir, que acompaña al ser humano. Anhelo por realizar la totalidad de su ser, por experimentarse como un ser íntegro y completo, por liberarse de su sentimiento de “estar separado” y experimentar la Unidad con el Todo.
Al entrar en el camino hacia la plenitud del ser, hacia esa Unidad, la música pasa a ser un canto de alabanza y agradecimiento.
Podemos afirmar que la música como arte efímero e inmaterial ofrece, más que cualquier otro lenguaje, un registro completo de los matices más variados, tono, volumen, intensidad, color y brillo. Podemos escucharla, escribirla, y estremecernos con ello, y saborearla, incluso transportarnos hacia el recuerdo de un paisaje y un olor.
La práctica de la música, que engloba su composición, su interpretación y su escucha, realizada con intención de ayudar y estimular la elevación espiritual, puede despertar el recuerdo de una dimensión sagrada, pura, original, de la que el ser humano guarda en lo más profundo de su interior una íntima nostalgia y llevar a despertar en él la búsqueda de su origen divino, haciéndole consciente de que es, ante todo, un ser espiritual.
Víctor Hugo, conocido escritor y poeta del siglo XIX, definió la música con las siguientes palabras: «La música expresa lo que no se puede decir y lo que es imposible callar».
Pero, aunque la música pueda ser portadora de las verdades eternas, sus formas están sujetas al cambio. La esencia de la música siempre busca, fundamentalmente, nuevas maneras de expresión que estén adaptadas a la psique en evolución del género humano.
En las diferentes eras de la humanidad, la expresión musical ha sido muy diversa, y de hecho sigue cambiando con cada flujo cultural. Quizá dentro de unos años aparezcan nuevos tonos y escalas, ritmos y sonidos hoy desconocidos.
En la antigua China, todo el orden social estaba fundado y organizado según los principios musicales. En su sistema musical la octava comprendía doce notas, cada una de ellas asociada a un signo del zodíaco. Según la hora del día, el mes y el año, dominaba determinado sonido musical.
El carácter de esta música estaba unido a los movimientos del cielo y servía de canal de transmisión para las energías cósmicas. Su objetivo era mantener al ser humano unido a la ley universal.
La comprensión específica del tiempo de una civilización siempre se refleja en el ritmo de su música.
La música en occidente ha evolucionado hasta llegar al sistema temperado de los sonidos del teclado.
En este sistema, los doce sonidos están armonizados de tal manera que cada uno de ellos puede establecer una relación armoniosa con cualquier otro, formando intervalos, pudiendo crear un espacio sonoro geométrico que posee un comienzo, un fin, un alto y un bajo.
De igual forma que la música puede tener una influencia elevadora de la conciencia humana, también puede ocurrir el proceso inverso, inducir en el ser humano un descenso de su conciencia hacia lo más material, hacia la materia más densa.
Así, en ocasiones puede suponer un reforzamiento de la ilusión del poder del yo basada en el egocentrismo, en la exaltación de sensaciones y emociones que acentúan la percepción de uno mismo como yo aislado y absoluto.
Al definir la música se nos dice que está compuesta de ritmo, melodía y armonía , según el grado de participación de cada uno de estos elementos, los tipos de música y sus efectos sobre el ser humano varían.
Si tenemos en cuenta los tres focos de la conciencia en el ser humano: el foco en la cabeza, en el corazón y en la pelvis, en general, muy en general, vemos una estrecha relación de:
Ritmo con voluntad, en el sentido de deseo, o de impulso para la acción, relacionado con el foco de la conciencia en la pelvis.
Armonía con sentimiento, con anhelo, relacionado con el foco de la conciencia en el corazón.
Melodía con pensamiento, en sus aspectos tanto racional como intuitivo, relacionado con el foco de la conciencia en la cabeza.
Si estos tres componentes no están en sus proporciones adecuadas, la música puede producir una sobreexcitación de los focos correspondientes, con consecuencias muy diversas.
Así la esencia original de la música como expresión de vida del alma se va perdiendo, y en su lugar aparecen composiciones al servicio de los intereses del yo más material.
Estas composiciones, aunque en principio puedan producir cierto placer anímico al ser humano, pueden llegar a desestructurar los focos de la conciencia y los aspectos sutiles del ser humano, de tal manera que poco a poco se va agrandando la distancia con la Unidad Universal y el ser humano se confronta con su soledad, con su ilusión de estar separado.
Es entonces cuando aparecen todo tipo de sucedáneos y de adicciones, adicciones a las emociones, al trabajo, a la enfermedad, a las drogas y una pérdida de identidad.
Ahora más que nunca la música se está convirtiendo en algo muy personal y específico, casi como un 2º carné de identidad personal o de grupo. Especialmente entre los jóvenes, cada uno busca su propia música que le identifique, una identificación basada a menudo en la forma externa y con escasa búsqueda de desarrollo del poder interior.
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Queremos acercarnos ahora al principio de resonancia y utilizaremos para ello un ejemplo:
Cuando la nota Do se emite cerca de un piano, su cuerda-Do comienza a vibrar, es decir, resuena. Este principio viene a decir que un cuerpo que es sometido a la acción de una vibración responde con una vibración en consonancia, suena con él, aunque para que esto ocurra es necesario que exista una coincidencia exacta de tono.
Al igual que el piano, el ser humano tiene una gran capacidad de resonancia, tanto en su cuerpo físico como en su ser del alma.
Los órganos del cuerpo poseen una frecuencia vibratoria, un sonido propio. Cuando un órgano pierde su tono peculiar debido a un trastorno, hay posibilidades de que se recupere aplicando esta ley de resonancia, a través del sonido, de la música.
En este hecho se basan la musicoterapia y otras terapias o técnicas de diagnóstico.
A su vez, la sustancia del alma, compuesta de vibraciones más sutiles y elevadas que las del cuerpo, resuena con la armonía universal.
En nuestro ser más interior, existe un principio espiritual capaz de despertar al nacimiento al alma divina. Este principio emite el sonido del Espíritu divino, y el alma resuena con él.
En muchas ocasiones, el ser humano no encuentra una música con la que vibrar, sintiendo una profunda nostalgia abstracta o indefinible, un sentimiento de ser extranjero. En esas ocasiones, el ser humano aspira a la tonalidad del mundo del Espíritu, a su vibración, pues su ser más interior , su alma, resuena con ella.
Pero la música del Espíritu pertenece, por decirlo así, a una octava superior, es difícil de interpretar con elementos del mundo exterior, es entonces cuando el ser humano busca el Silencio. Desde ese silencio interior, desde esa búsqueda, han nacido muchas composiciones musicales que se han elevado en escalas hasta vibrar muy cerca del Espíritu divino.
Cantos de alabanza y agradecimiento, de inmensa profundidad y alegría que son capaces de acercar a quienes los escuchan hasta la realidad de la existencia de la Patria original, el Campo de Vida preparado para el ser humano que despliega todas sus capacidades de desarrollo.
Este Campo de vida, el mundo del Espíritu es comunidad de almas, es la Unidad del Todo.
La orquesta es uno de los medios más bellos para interpretar la aspiración a esta unidad. Forma una comunidad de intérpretes e instrumentos organizada en sus detalles más ínfimos, con el fin de llegar a la unidad en su multiplicidad.
La palabra Filarmónica utilizada para calificar un tipo de orquesta, significa: que sus miembros están hermanados en la armonía, enamorados de ella.
Una orquesta puede representar una comunidad perfecta, llena de energía vital, cuyos fieles -en el sentido de filarmonía- colocan su personalidad al servicio de todos, bajo las directrices de la idea que se plasma en la partitura. Pero insistimos, cada uno de los miembros de la orquesta se ha afinado, se ha polarizado con su instrumento, su propio ser alma.
Presentamos ahora un pequeño glosario de términos musicales:
ACORDE: Un grupo de notas tocadas simultáneamente para crear armonía. Los acordes añaden textura a una melodía.
AD LIBITUM: Un pasaje para ser tocado con libertad, al gusto del intérprete.
AMEN: “Así sea”
ANDANTE: Tiempo lento, pero fluido, como caminando.
ARMONÍA: La ciencia de los acordes o combinación de notas. Se siente pero no se escucha.
BAJO: La voz masculina más baja.
BUFO: Cómico, grotesco.
CAPRICHO: Composición en estilo muy libre.
CONCIERTO GROSSO: Concierto en donde hay un grupo de solistas acompañado por la orquesta.
ESTUDIO: Pieza escrita para ejercicio.
FANTASÍA: Pieza libre sin ejecución a formas.
INSTRUMENTACION: Arte de escribir para conjunto instrumental.
MELODÍA: Es el elemento más visible de una pieza musical, que más escuchamos conscientemente.
OPUS: Obra, composición.
PASTORAL: Composición que sugiere campo.
RITMO: La combinación de figuras y silencios que sirve de “esqueleto” a una melodía.
SINFONÍA: Obra en gran escala para orquesta, usualmente en cuatro movimientos, uno en forma sonata, uno lento, uno en forma ternaria simple y un final alegre.
TEXTURA: Forma en que los materiales melódicos, rítmicos y armónicos se combinan en una composición, determinando así la cualidad sonora global de una pieza.
TREMOLO: Reiteración rápida de una nota.
